Un cambio automático es una caja de cambios que selecciona y cambia las relaciones de marcha por sí misma, lo que libera al conductor de accionar un embrague o de cambiar de forma manual. El conductor escoge un sentido con el selector, por lo general Park, Reverse, Neutral o Drive, y a partir de ahí gobierna el coche solo con los pedales de acelerador y freno; la transmisión lee la velocidad, la carga y el acelerador y decide cuándo cambiar de marcha. Esta sencillez, especialmente agradecida en el tráfico denso y en las cuestas, explica que el cambio automático haya pasado a dominar las ventas en muchos de los mayores mercados del mundo.
El término engloba varios mecanismos bien distintos, no un diseño único. El automático tradicional emplea un convertidor de par, un acoplamiento hidráulico que multiplica el par a baja velocidad y permite que el motor ralentice con el coche detenido, y alimenta un tren de engranajes planetario cuyas relaciones se seleccionan mediante embragues y frenos de cinta de mando hidráulico. Un cambio de doble embrague, en cambio, utiliza dos embragues y lo que en esencia son dos cajas manuales gobernadas por ordenador, que preseleccionan la marcha siguiente para lograr cambios muy rápidos. La transmisión variable continua prescinde por completo de los escalones fijos y usa una correa o cadena que recorre poleas de diámetro variable para ofrecer una gama de relaciones sin saltos, mientras que un coche eléctrico de batería a menudo solo necesita una única reducción fija porque su motor entrega par en un amplio rango de regímenes.
Para el conductor, la ventaja cotidiana es comodidad y suavidad. No hay embrague que dosificar al arrancar en una pendiente, no hay que soltar una mano del volante para cambiar de marcha y no existe riesgo de calar el motor, todo lo cual reduce la carga de trabajo y hace bastante menos fatigosa la conducción en arrancadas y paradas. Las unidades actuales son además genuinamente rápidas: un buen doble embrague o un automático de convertidor de par de ocho o nueve marchas cambia hoy más rápido y con más suavidad de lo que la mayoría de los conductores logra con un cambio manual, y el escalonamiento estrecho de sus numerosas relaciones mantiene el motor en su banda más eficiente o más reactiva.
La historia de esta tecnología va desde los primeros automáticos de acoplamiento hidráulico fabricados en serie a finales de los años treinta y en los cuarenta, pasando por unidades de tres y cuatro marchas, hasta las transmisiones actuales de ocho, nueve o diez relaciones, doble embrague y un sofisticado software de control. Las mejoras en los embragues de bloqueo, que enlazan mecánicamente el motor con la caja a velocidad de crucero para eliminar el deslizamiento y la ineficiencia del acoplamiento hidráulico, junto con el software de control adaptativo, han borrado buena parte de la antigua penalización de consumo que se le achacaba al automático.
Quedan compromisos que sopesar. Los automáticos suelen costar más de comprar que el manual equivalente, pueden ser más caros de reparar y los tipos más complejos pueden exigir aceites específicos y un mantenimiento periódico. Algunos conductores echan en falta además la conexión mecánica directa de un manual, y una variable continua mal ajustada puede producir la llamada sensación de goma, con el régimen del motor disparándose por delante de la velocidad del coche al acelerar.
El cambio automático se contrapone al cambio manual, que exige al conductor accionar el embrague y la palanca de cambios. Como categoría abarca el automático de convertidor de par, el cambio de doble embrague y la transmisión variable continua, cada uno una respuesta de ingeniería distinta al mismo objetivo de cambiar de marcha sin la intervención del conductor.
- Cambia de marcha automáticamente, sin pedal de embrague
- Abarca convertidor de par, doble embrague, CVT y reducción de los eléctricos
- Las unidades actuales cambian más rápido y suave que un manual
- Cuesta más de comprar pero domina la mayoría de los mercados