El empuje a bajas vueltas es una descripción informal, pero muy entendida, de la fuerza de tracción que un motor entrega a bajo régimen, cerca de la parte inferior de su banda de revoluciones. Un motor con buen empuje a bajas vueltas resulta vigoroso desde apenas por encima del ralentí y gana velocidad con ganas sin que el conductor tenga que exigirlo ni sostener un régimen alto. La expresión recoge una cualidad de naturalidad: el coche avanza con decisión ante una ligera presión del acelerador en lugar de exigir una reducción de marcha y una subida del cuentavueltas.
Desde el punto de vista técnico, lo que se está describiendo es el par motor que el motor desarrolla a bajas revoluciones. El par es la fuerza de giro que produce el motor, y es el par, multiplicado por el desarrollo de las marchas, lo que realmente impulsa al coche; la potencia no es más que el par combinado con el régimen de giro. Un motor que entrega un par elevado pronto —pongamos una meseta amplia y plana que arranca en torno a las mil quinientas o dos mil revoluciones por minuto— tiene buen empuje a bajas vueltas porque ofrece un impulso real mientras el cigüeñal aún gira despacio. Eso es lo que permite arrancar con limpieza desde un cruce, acelerar en una cuesta con una marcha larga o remolcar una carga sin esfuerzo.
Para el conductor, el efecto práctico es unas prestaciones relajadas y flexibles. Un coche con par abundante a bajo régimen se conduce con suavidad y menos cambios de marcha, manteniendo una marcha larga en ciudad y acelerando con el acelerador para adelantar en vez de reducir antes dos relaciones. Resulta receptivo y sereno, cualidades que importan tanto en la conducción cotidiana y el remolque como la velocidad pura importa en circuito. Además tiende a mejorar el consumo en uso normal, porque el motor puede hacer su trabajo a regímenes bajos y eficientes.
Dos tipos de motor destacan por este carácter. Los motores diésel, con sus carreras de pistón largas y su elevada compresión, generan por naturaleza mucho par a bajas vueltas, motivo por el que se han preferido desde hace tiempo para los camiones, el remolque y los vehículos pesados. Los motores de gasolina sobrealimentados logran un efecto similar al forzar más aire dentro de los cilindros; los modernos propulsores turbo de pequeña cilindrada se ajustan a propósito para entregar su par máximo desde muy bajas vueltas, ofreciendo la flexibilidad de un motor grande y perezoso desde uno pequeño y económico. Los motores atmosféricos, en cambio, suelen necesitar más vueltas para respirar a fondo y por ello tienden a sentirse más fuertes a altas vueltas.
El empuje a bajas vueltas se entiende mejor por contraste con el empuje a altas vueltas, la fuerza que un motor reúne en lo alto de su banda de revoluciones, cerca del corte, donde suelen indicarse las cifras de potencia máxima. Muchos motores de gasolina deportivos se inclinan hacia las altas vueltas y recompensan que se les exija, mientras que un diésel con par o un turbo da lo mejor de sí abajo. Lo ideal para un coche de carretera flexible es una curva de potencia amplia y bien perfilada que combine un buen empuje a bajas vueltas con una tracción sostenida más arriba. Un término relacionado y de advertencia es el lugging: pedir al motor que tire desde un régimen demasiado bajo en una marcha demasiado larga, por debajo del punto en que entrega par útil, lo que fuerza el motor y marca el límite inferior práctico del empuje aprovechable a bajas vueltas.
- Fuerza de tracción a bajas vueltas del motor
- Ofrece una aceleración sin esfuerzo sin subir mucho de vueltas
- Abundante en los diésel y los motores turbo
- Contrasta con el empuje a altas vueltas, cerca del corte