El freno motor es la deceleración natural de un vehículo que se produce cuando el conductor levanta el pie del acelerador mientras mantiene una marcha engranada, lo que permite que el propio motor se oponga al giro de las ruedas. En vez de convertir la inercia del coche en calor a través de los frenos de fricción, la transmisión devuelve esa inercia al motor, que la absorbe y desacelera el vehículo. Es una característica fundamental de cualquier coche con una conexión mecánica entre motor y ruedas, y los conductores hábiles la aprovechan deliberadamente para regular la velocidad.
El efecto surge porque, con el acelerador cerrado, el motor pasa a ser una carga en lugar de una fuente de potencia. Los pistones deben seguir bombeando aire contra la mariposa casi cerrada en cada ciclo, y las pérdidas por bombeo resultantes, junto con la fricción interna y el trabajo de mover la distribución y los accesorios, contribuyen todas a frenar el cigüeñal. Como durante la retención las ruedas son las que arrastran el motor a través de la caja de cambios, esa resistencia se transmite de vuelta a la carretera como una fuerza de frenado. En un motor de gasolina, el estrangulamiento de la admisión es el factor dominante; un diésel, al carecer de mariposa, genera menos de este efecto salvo que monte un dispositivo específico.
La intensidad del freno motor depende en gran medida de la marcha elegida. Una marcha más corta hace girar el motor más deprisa para una misma velocidad de avance, lo que multiplica tanto la resistencia de bombeo como la desventaja mecánica que se aprecia en las ruedas, de modo que el efecto de retención es mucho más acusado. Por eso se aconseja reducir al descender una pendiente larga y pronunciada: mantener una marcha corta permite que el motor asuma de forma continua buena parte de la carga de frenado, lo que evita el uso prolongado de los frenos de fricción, que podrían sobrecalentarse y provocar fading, una peligrosa pérdida de capacidad de frenado. Los vehículos pesados amplían este principio con frenos de escape o frenos de descompresión tipo 'Jake', que aumentan notablemente la capacidad de retención del motor.
Existe además una vertiente de ahorro de combustible. En un motor moderno de inyección, en cuanto el conductor levanta el pie con una marcha engranada y el coche gira por encima del ralentí, la centralita aplica el corte de combustible y cierra por completo los inyectores, porque el propio giro del motor lo sostienen las ruedas. El coche, por tanto, desacelera sin consumir nada de carburante, lo que resulta más económico que poner punto muerto y dejarse rodar, situación en la que el motor sigue necesitando alimentación para mantener el ralentí.
El freno motor es propio de la transmisión convencional de combustión interna y se comporta de forma algo distinta en otras configuraciones; una caja de cambios automática puede requerir un modo manual o deportivo para retener una marcha corta, y los vehículos eléctricos o híbridos lo sustituyen por la frenada regenerativa, que produce una deceleración al levantar el pie comparable a la vez que recupera la energía hacia la batería en lugar de disiparla. Empleado con criterio, el freno motor suaviza la conducción, reduce el desgaste de los frenos de fricción y no cuesta nada de combustible.
- Retención por la resistencia del motor al soltar el acelerador
- Más intenso en marchas cortas
- Preserva los frenos de fricción en descensos largos
- Los coches modernos cortan por completo el combustible durante el freno motor