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Hipercoche (hypercar)

Un hipercoche es la clase de coche de calle más rara, rápida y cara, situada por encima incluso del superdeportivo en prestaciones y precio.

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Definición

Un hipercoche representa la cumbre absoluta del automóvil de calle: la clase de vehículo más rara, más rápida, más extrema desde el punto de vista tecnológico y más cara que, en teoría, puede circular por la vía pública. El término surgió para describir un escalón situado por encima incluso del superdeportivo, y se aplica a máquinas cuyas prestaciones, ambición de ingeniería y precio las colocan en una categoría casi propia. Si el superdeportivo es exótico, el hipercoche resulta apenas creíble, con precios que con frecuencia superan con holgura el millón de euros y que a veces lo multiplican varias veces.

Lo que justifica la etiqueta es una combinación de construcción extrema y potencia descomunal. La estructura suele ser un monocasco de fibra de carbono, el mismo material y la misma filosofía que se emplean en la Fórmula 1, que mantiene el peso bajo mientras resiste enormes esfuerzos. La potencia alcanza a menudo los cuatro dígitos, y la generación actual abraza propulsiones híbridas y totalmente eléctricas en las que los motores eléctricos complementan o sustituyen a un motor de combustión de altas vueltas; el trío formado por el McLaren P1, el Porsche 918 Spyder y el Ferrari LaFerrari de mediados de la década de 2010 definió esta era híbrida. La aerodinámica activa, con alerones y aletas que se mueven para equilibrar carga aerodinámica y resistencia al avance, y unos neumáticos a medida completan el conjunto.

El propósito de toda esta ingeniería es perseguir récords y demostrar lo que es técnicamente posible. Los hipercoches apuntan habitualmente a velocidades máximas muy por encima de los 300 kilómetros por hora y a aceleraciones que comprimen el 0 a 100 kilómetros por hora en torno a dos segundos. Nombres como el Bugatti Veyron y el Chiron, los modelos de Koenigsegg o el Rimac Nevera han ampliado una y otra vez los límites de la velocidad pura y de la aceleración eléctrica, sirviendo como demostraciones rodantes de las capacidades de sus fabricantes.

Más allá de las cifras, el hipercoche funciona como producto insignia y objeto de coleccionista. La producción es deliberadamente minúscula, a menudo limitada a unas pocas decenas o unos pocos centenares de unidades, lo que garantiza la exclusividad y, con frecuencia, una fuerte revalorización. Los fabricantes emplean estos buques insignia para destilar su mejor tecnología, buena parte de la cual acaba filtrándose hacia modelos más asequibles, y para cimentar el prestigio de marca. La propiedad no la restringe solo el precio, sino, en muchos casos, la invitación.

La clase arrastra inevitables matices. Estos coches resultan en gran medida poco prácticos para el uso diario, ya que exigen mantenimiento especializado, almacenamiento cuidadoso y una habilidad considerable para explotarlos con seguridad, y su huella ambiental encaja mal con una normativa cada vez más estricta, lo que impulsa la transición hacia la electrificación. La frontera con el superdeportivo es además una cuestión de grado y de opinión más que de cualquier definición fija. Aun así, el hipercoche perdura como la máxima expresión de la ambición automovilística, un paso más allá del superdeportivo y un mundo aparte del gran turismo tanto en intención como en intensidad.

Puntos clave
  • La clase de coche de calle más rara, rápida y cara
  • Construcción extrema en carbono, aerodinámica activa y propulsión híbrida o eléctrica
  • A menudo con potencia de cuatro dígitos y velocidades de récord
  • Fabricado en cifras minúsculas como insignia tecnológica y objeto de coleccionista
También conocido como
mega car