Los litros por cada 100 kilómetros son la medida métrica estándar del consumo de combustible de un vehículo, y expresan cuántos litros de carburante se necesitan para recorrer una distancia fija de cien kilómetros. Es la cifra que figura en los documentos oficiales, en el material de venta y en los ordenadores de a bordo de toda la Europa continental y de la mayor parte del mundo, y constituye el eje de cómo los compradores comparan el coste de uso de un coche frente a otro. Su lógica es la del consumo: responde a la pregunta de cuánto combustible se tragará un trayecto.
La unidad es, en efecto, la inversa de las antiguas medidas de economía de combustible. Como cuenta el combustible empleado para una distancia fija, en lugar de la distancia recorrida por unidad de combustible, una cifra menor es mejor: un coche homologado con cinco litros por 100 km es más económico que otro con ocho. Esto va justo en sentido contrario a la convención de millas por galón, familiar en el Reino Unido y Norteamérica, donde una cifra mayor indica mayor eficiencia, de modo que los dos sistemas se mueven en direcciones opuestas. La conversión entre ambos no es un simple escalado lineal, ya que uno expresa distancia entre combustible y el otro combustible entre distancia, por lo que deben relacionarse a través de sus recíprocos.
Una de las virtudes prácticas de la cifra de litros por 100 km es que escala de forma sencilla y aditiva. Al expresar el consumo frente a la distancia, el combustible necesario para cualquier trayecto se obtiene sin más que multiplicar la cifra homologada por el número de tramos de cien kilómetros recorridos, y el consumo de una conducción mixta puede promediarse con sensatez. Esto hace que la medida sea fácil de traducir a dinero real: multiplicada por el precio del combustible, da un coste claro por cada cien kilómetros, motivo por el cual resulta tan útil para presupuestar y para sopesar el gasto a lo largo de la vida de un modelo frente a otro.
La cifra guarda además una estrecha relación con las emisiones de dióxido de carbono del coche. Para un combustible dado, cada litro quemado libera una masa de dióxido de carbono prácticamente fija, de modo que el consumo en litros por 100 km se traduce casi directamente en gramos de dióxido de carbono por kilómetro, la métrica en la que se basa buena parte de la fiscalidad del automóvil y de la normativa de emisiones. La gasolina y el diésel difieren ligeramente en su contenido energético y de carbono por litro, razón por la cual ambos combustibles no son directamente comparables litro a litro, pero dentro de cada combustible el vínculo entre consumo y emisiones es estrecho.
Las cifras de consumo homologadas se obtienen en ciclos de ensayo de laboratorio normalizados, para que coches distintos puedan compararse en igualdad de condiciones. La norma europea vigente es el Procedimiento Mundial Armonizado de Ensayo de Vehículos Ligeros, o WLTP, introducido para dar valores más próximos al uso real que el antiguo y notoriamente optimista ciclo NEDC al que sustituyó. Aun así, las cifras oficiales siguen siendo idealizadas, y el consumo real varía con el estilo de conducción, la carga, el terreno, la meteorología y el tráfico. Leída con esa salvedad, los litros por 100 km siguen siendo el indicador único más claro de cuánto bebe un coche y de lo que costará mantenerlo en uso.
- Litros de combustible gastados para recorrer 100 km
- La unidad de consumo estándar fuera de los países anglosajones
- Cuanto menos, mejor: lo contrario que las millas por galón
- Escala de forma lineal; se relaciona directamente con el coste y el CO2