Un motor atmosférico es un motor de combustión interna que llena sus cilindros con aire sin más ayuda que la presión atmosférica. A medida que cada pistón desciende en su carrera de admisión genera un vacío parcial, y el aire que lo rodea, a aproximadamente un bar al nivel del mar, se precipita a ocupar ese hueco. No hay ningún turbocompresor ni compresor volumétrico que fuerce la entrada de aire adicional, motivo por el cual estos motores también se describen como carentes de sobrealimentación.
Como la cantidad de aire, y por tanto de combustible, que cabe en cada cilindro está limitada por la presión atmosférica y por la cilindrada del motor, un motor atmosférico produce en general menos potencia para una cilindrada dada que un equivalente sobrealimentado. Los ingenieros denominan a esto eficiencia volumétrica, y los diseños atmosféricos se afinan para maximizarla mediante conductos de admisión cuidadosamente perfilados, distribución variable y barrido de los gases de escape, en ocasiones con la ayuda de sistemas de admisión y de válvulas variables que amplían el régimen útil.
El atractivo perdurable de estos motores reside en el carácter de su entrega de potencia. Sin un turbocompresor que primero deba ganar revoluciones antes de soplar, la respuesta al acelerador es inmediata y la relación entre el pedal y la potencia es lineal y previsible. La potencia suele crecer al compás del régimen del motor, lo que invita a estirar las marchas, y los motores atmosféricos de alto régimen se aprecian por su respuesta nítida y su sonido característico. Esta transparencia los hace fáciles de dosificar, una de las razones por las que siguen siendo populares en aplicaciones deportivas y orientadas al placer de conducir.
Históricamente, el motor atmosférico fue la opción por defecto en los coches de gasolina durante la mayor parte del siglo XX, mientras que la sobrealimentación quedaba confinada en gran medida a los diésel, los modelos prestacionales y la aviación. Esa posición ha cambiado de forma notable. El endurecimiento de las normas de consumo y emisiones favoreció el downsizing, por el cual un motor turboalimentado más pequeño sustituye a uno atmosférico más grande, ofreciendo una potencia similar con menos cilindrada y consumiendo menos combustible en una conducción suave. En consecuencia, los motores de gasolina atmosféricos han ido siendo desplazados de los coches generalistas.
Existen ciertas contrapartidas prácticas dignas de mención. Los motores atmosféricos tienden a ser más sencillos y a tener menos componentes sometidos a estrés térmico que los turboalimentados, lo que puede favorecer la durabilidad y reducir la complejidad, pero pagan un peaje en par a bajo régimen y les cuesta igualar el flexible empuje en la zona media de un turbo. También pierden potencia de forma apreciable en altitud, donde el aire más enrarecido reduce la masa de oxígeno aspirada, un efecto que la sobrealimentación puede compensar en gran medida.
El término se entiende mejor por contraste con el turbocompresor y el compresor volumétrico, que existen precisamente para superar los límites de respiración de la admisión atmosférica, y en relación con la cilindrada, ya que en un motor atmosférico la capacidad es la principal palanca para producir más potencia.
- Aspira aire a presión atmosférica, sin sobrealimentación
- Menos potencia por litro que un motor turbo
- Apreciado por su respuesta instantánea y su entrega lineal
- En gran medida desplazado por turbos eficientes de menor cilindrada