La resistencia a la rodadura es la energía que un neumático disipa al rodar sobre la carretera y, en consecuencia, la fuerza que el vehículo debe vencer de forma continua. Aunque una rueda parezca girar libremente, la huella de contacto, donde el caucho se encuentra con el asfalto, se aplasta y se libera sin cesar a medida que el neumático gira. El caucho y la estructura interna no devuelven toda la energía empleada en deformarlos; una parte se pierde en forma de calor. Esa pérdida, repetida miles de veces por minuto a velocidad de autopista, se manifiesta como una fuerza de freno contra la que el motor térmico o eléctrico debe trabajar sin descanso.
La causa principal es una propiedad del caucho llamada histéresis, el desfase entre la deformación aplicada al material y la energía que este devuelve. Cuando cada porción de banda de rodadura y de flanco entra en la huella de contacto se comprime, y al salir recupera su forma, pero con algo menos de energía de la que recibió al comprimirse. Los ingenieros de neumáticos diseñan por ello las mezclas de la banda y la construcción de la carcasa para minimizar este rozamiento interno. Contribuciones secundarias proceden de la pequeña cantidad de deslizamiento y arrastre dentro de la huella, de la flexión de la rueda y de una leve resistencia aerodinámica alrededor del neumático en giro.
La resistencia a la rodadura importa porque, junto con la resistencia aerodinámica, es una de las dos fuerzas principales que un vehículo debe vencer a velocidad constante, y predomina a velocidades bajas, donde la resistencia del aire es modesta. Cada unidad de energía que se le pierde es energía que debe aportar el combustible o la batería, de modo que influye directamente en el consumo de los coches de combustión y en la autonomía de los eléctricos. Una reducción modesta puede traducirse en una mejora apreciable del consumo, motivo por el cual se ha convertido en un parámetro cuidadosamente diseñado y por el que la eficiencia energética del neumático figura en la etiqueta europea normalizada.
La mayor variable en el uso cotidiano es la presión de inflado. Un neumático con poca presión flexa más en cada vuelta, lo que aumenta las pérdidas por histéresis, eleva la resistencia a la rodadura, genera calor adicional y acelera el desgaste, todo ello mientras empeora el consumo de forma silenciosa. Mantener los neumáticos a las presiones recomendadas por el fabricante es la manera más sencilla de tener la resistencia a la rodadura bajo control, algo que conviene verificar también de cara a la ITV. El peso del vehículo, el firme y la temperatura también influyen, ya que una carga mayor o una superficie fría y rugosa incrementan la fuerza necesaria.
Los neumáticos de baja resistencia a la rodadura se diseñan específicamente para recortar estas pérdidas mediante mezclas optimizadas, a menudo con sílice, y construcciones más ligeras y rígidas, y se montan ampliamente en híbridos y eléctricos, donde la eficiencia es prioritaria. La contrapartida es que las mismas características que reducen la histéresis pueden mermar ligeramente el agarre en mojado o la duración si se persiguen con demasiada agresividad, por lo que los fabricantes equilibran la resistencia a la rodadura frente al rendimiento en frenada y la durabilidad. Comprenderla ayuda a explicar por qué las presiones correctas, la elección del neumático e incluso el estilo de conducción tienen una incidencia tan directa en los costes de uso y en la autonomía.
- Energía que un neumático pierde por deformación al rodar
- Una de las fuerzas principales que el vehículo debe vencer, junto a la aerodinámica
- Afecta directamente al consumo y a la autonomía del eléctrico
- La empeora la falta de presión; los neumáticos de baja resistencia ayudan